La noche

Volví a amar el fuego sagrado,
Mientras el verbo consumía
Mi riqueza y mis dones,
Yo era un ave de la noche,
Cruzaba el Edén plácido,
Abajo eran las centellas
Y los fuegos,
Arabescos de una mirada,
Arrabales en ruinas claras,
Y mi callada quietud un latido
Bravo, un sentir de cielo,
Y mi fuente dulce,
Y mis celestes sienes
De libélula sobre cristal
Acampanado,
Turgencia de una madrugada
De verano,
Y los tiempos se fundían,
Era ya de nuevo
El niño santo,
Que viajaba por la cumbre,
Como aguja de ojos anacarados,
Y era mi mano, delicia de saber
El pómulo, los alabastros blancos,
Y yo corría por el jardín
Azul de la velada, cual
Una memoria del futuro
Clavada en mi nalga
Pura, ala que elevaba
El paseo de gravilla
Al sueño
Oscuro
Del deseo
Y del llanto

Sirenas

Y aun oigo el silencio de las sirenas, llamándome, Ulyses, Odiseo, ven, ven con nosotras, y yo oyéndolas, atado al mástil de nuestra nao, de nuestra nao marinera atado de pies y manos al mástil alto y flexible, y como junco al borde, como astilla de junco de la orilla espumosa, iba yo voceando libertad, voceaba la libertad de morir, de quererme ir con ellas, con las sirenas, al fondo del mar, mar eterno, al fondo del mar infinito

Héctor

Fue cuando Héctor, domador de caballos, pisó el polvo de la arena, su sandalia aun manchada de la sangre de los atridas, sobre la polvorienta mancha lunar del campo de guerra su sandalia que le cubría el pie derecho, pisando la sangre helena, y depositó su casco en la arena, dulcemente sobre el piso arenoso de su blancura posó su casco guerrero y viril y cogió al hijo amado, levantando sus manos al cielo, elevó a su hijo a las alturas y lo bendijo, deseándole en lo secreto de su corazón la victoria, la gloria y la larga y próspera vida.

Castellano

Esparto y pedernal, de mi corazón semilla, ardid de guerrero casto, castizo emperador de mí mismo, luché de mi tierra la salida del moro, me hice dueño y señor de mi destino, ni amo guardo y mi ojo es muy altivo

Batallas

El rey guerrero de la blanca espada y los setenta garrulos de ojos negros, danza de combate, azufre sobre la piel roja, azafrán y pimienta en la punta de la lengua, riesgoso porvenir en todo lo alto, quita que me ponga, baja que suba, salivas, blancos carbones de colores, y que no entiendo nada, cállate, lágrimas de lagrimones, pilla pillas, escondime te encontré, tostón de verano como ardor sin fuego, callada presencia lejana, me balanceo, pronto y quieto

Ensoñación

Se veían piedras de minaretes y murallas de arena y columnas de fuego, mi piel azul del desierto, bereber de milenios, estuco y palma, esparto de mis pasos, rocas encendidas y pozos al canto, mi ojo bailarín, libre, se divertía con su vuelo, su canto, su danza sufí a la caída de la tarde, derviche fuí por mis pecados, por mis santos, mi alegría, mi mano, flota un aire cálido, pasas y dátiles sobre mi vientre, miel y leche en la comisura de mi labio.

Espacios

Sobre una negra calavera azul la garra túrpida poderosa del buitre se posa, la palma de su garra es el universo conocido, y cada uno de sus dedos es un monte donde habita lo desconocido, encima, en derredor, la nada, la blanca nada de su reposo.

Un día

Cuando el cosmos fue un paraguas abierto y del revés las lluvias torrenciales de mis pensamientos discurrían resbalando sobre sus charcos

Libélulas

Brilla azul una luz lejana, y es tu frente posada junto a mí, encendida llama viva que me late y pulsa hacia la aurora de la mañana, mientras tanto aguardo quieto a la ventana, que llegues al fin a mí, que me morí con tantas ganas, que apenas un soplo perdí

Aire

Si resisto es porque lo debo,
Aguardo el despertar postrero,
Resumo mi sangre es tormento
Que aprieto siempre firme y contento,
Relanzo el dado al aire del cielo
Y siembro los sueños con portentos,
Nunca quise morir primero
Viene el viento y suave quieto,
Lunar del momento, noche sin tiempo,
Miro tu espalda, tu costado eterno,
Sustento, mi corona, mi apaciguamiento,
Hay un lugar que guardo dentro