Tinta negra

La tinta negra de la noche
Derrama palabras oscuras,
Resuenan el grillo azul,
La mariposa verde,
La eterna libélula.

Sobre la luz de mi vigilia
Cae el silencio sagrado,
Lo toco con la piel mojada
Así una campana de tiempo
Vibra sola con su cuerda.

Es la vida que pasa altanera,
A través y surcando esferas,
Riega de pétalos y de cielo
El diapasón de la espera,
Sangre, licor, oscura madera

Plegaria

Gloria en el cielo
Paz en la Tierra
A los hombres
De buena voluntad
Había aires arriba
Y yo cavé mi tumba
Y me enterré vivo
Y me morí con cal viva
Muerte horrenda
Blanca como la nieve fina
Como campo de algodón
Sueño blanco de perfil
Había aires arriba
El cielo era azul
Las alas subían
Los espíritus vivían
Oh canto glorioso
Que me dió la vida
Eternidad de dicha
En el lugar del tiempo
Sin tiempo
Había aires cálidos tempranos
Luz y luces y el aguaviva
Y el jardín de las flores inmortales
Y el reposo y el solaz
Un aire de fantasía sonaba
Su armonía era dulce
Quebranto y sonora
Fuente de cristal y plata
Fina había aires
Arriba

En pos de la Gloria

He marcado los senderos de la Gloria
Con pan de trigo duro
He volado en pos de ti
Y perdido el corazón en las alturas
Quise volver y renunciar y renacer
Mas el camino desvanecido
Ya no guardaba rastro las aves
Del paraíso devoraron mis migajas
Tuve que aguardar la espera dura
Del tiempo ennegrecido la noche
Que se me vino espumas de la muerte
Y del olvido ya mi cara y mi nombre
Se pudren por desatino
Y el latido último es puro suspiro

Contador de mentiras

Cuento mentiras que me cuezo al vapor, por la madrugada respiro canela y bebo azafrán con el ojo ciego que ya no ve, no lloro con el otro, no miro con mi boca, no ando con la mano en el bolsillo, no amo ya las estrellas que brillan al paso del viento huracanado, solvento la tempestad con la ceja que se curva y dispara una flecha envenenada. Casi no lamo el tiempo, y ya no vale casi nada el recuerdo, la pena, lo que sentí está enterrado bajo escombros de arroz con comino y mejorana, el claro lugar del desierto.

Labrados

He labrado mi corazón con el hierro de la azada, lo corté a pedazos y el viento lo esparció, el campo en una nube lo fertilizó, ahora crece por doquier el retoño de mi vieja alma en flor, puedo reconocer mi voz, el color y mi entonación, luces envuelven sombras y brilla mi resplandor, si acaso las aves, si acaso un ruiseñor, viene volando hasta mi casa, al balcón, no disparéis, criminales, que llegó el amor, mi bendición.

Negro corazón

Negro es el músculo de la noche, cuando los inmundos vuelan bajo y la calavera del diluvio se asombra de tanta perspicacia, ante la piedra de la blanca muerte, me desvanezco iracundo, su guadaña me abre la puerta de los demiurgos, a donde nunca ríe ningún espíritu, y ese peso que levanto tan a disgusto, ese lastre que me domina a mi pesar, ese todo el dolor del mundo, esta farsa que me burla sin miedo, toro del asta tahurda, el mezquino nombre de la sombra, la tumba que espera taciturna, la alfombra sin final, mi pura putrefacción de ridículo.

La cerca

He puesto una cerca a mis sueños, los pájaros vinieron a posarse, el musgo refrescó mis pies desnudos heridos por la sangre, se elevó el pino sobre el sol y me dió sombra, nacieron flores de color, se abrió la tierra para dar paso a la fuente clara, me regocijé, y pensé en creer que los sueños son como la vida, como el mar, las estrellas, vino la noche de tempestad, arrancó cerca y lo que había crecido se esfumó como va el humo, desde abajo hacia arriba, y al oeste, y si mi memoria no me falla, eso fue lo que ocurrió

Ciego

Ciego espigas de luz y me las como, la paja a puñado me la meto en el ojo que no llora, rastreo cada semilla, conteo de todas las sombras, y dentro de esta campana rompo la hierba con un machete de oro que luego me como con el grito de audacia. Soy el de los sables y las sierpes de la garganta, me arrodillo en las ascuas ardientes y duermo tumbado en la punta de los clavos, quiero más. Soy el que ya no llora, ayuné seis meses hace tiempo, cadavérico no me rendí sino a la muerte, que iba y venía por ahí. Digo que no quiero y mi pulso es un dintel de sombras, estrafalario caleidoscopio de miradas entrecuzadas que se ciegan unas a otras. He soñado cada palmo y todas las quebradas de mis manos. Me queda la sangre, el polvo y el olvido

Esta muerte

Negro sobre rojo
Una mosca tintinea
Azul detrás del ardiente
O pezuñas de veneno
Claro dolor que evapora
Y el gusano que es pura
Leche do mana prieta
La peste la laguna
Verde y mocos
Rupestres
Hora de siesta o alcanfor
Doliente o cresta de diente
Subida quietud
Maloliente

Domingos

Dúctil y turgente como mi dios
De los domingos, de mi luz,
Del sol y del agua que rodea
Las pequeñas cosas del infinito,
Y besucón como los besos de mi boca
Riendo como un lagarto al calor,
Inmemorial su audacia de viveza
Con la que congracio en plenitud,
Y vuelven a mí las bellas muchachas,
Juncos y flores al borde ondulante
De la ribera, mi mirada se pierde entre
Tanta abundancia, tanta generosa
Acumulación de gracias o dádiva
Al corazón que tiembla, sí, fuí aquel
Que las amaba, el que posó sobre
La nube temprana de la tarde
Un juramento de eterno amor,
Y esta inocencia, tan pura blanca
Con la que vestía mis tiempos
Y mi nada.