Contador de mentiras

Cuento mentiras que me cuezo al vapor, por la madrugada respiro canela y bebo azafrán con el ojo ciego que ya no ve, no lloro con el otro, no miro con mi boca, no ando con la mano en el bolsillo, no amo ya las estrellas que brillan al paso del viento huracanado, solvento la tempestad con la ceja que se curva y dispara una flecha envenenada. Casi no lamo el tiempo, y ya no vale casi nada el recuerdo, la pena, lo que sentí está enterrado bajo escombros de arroz con comino y mejorana, el claro lugar del desierto.

Labrados

He labrado mi corazón con el hierro de la azada, lo corté a pedazos y el viento lo esparció, el campo en una nube lo fertilizó, ahora crece por doquier el retoño de mi vieja alma en flor, puedo reconocer mi voz, el color y mi entonación, luces envuelven sombras y brilla mi resplandor, si acaso las aves, si acaso un ruiseñor, viene volando hasta mi casa, al balcón, no disparéis, criminales, que llegó el amor, mi bendición.

Negro corazón

Negro es el músculo de la noche, cuando los inmundos vuelan bajo y la calavera del diluvio se asombra de tanta perspicacia, ante la piedra de la blanca muerte, me desvanezco iracundo, su guadaña me abre la puerta de los demiurgos, a donde nunca ríe ningún espíritu, y ese peso que levanto tan a disgusto, ese lastre que me domina a mi pesar, ese todo el dolor del mundo, esta farsa que me burla sin miedo, toro del asta tahurda, el mezquino nombre de la sombra, la tumba que espera taciturna, la alfombra sin final, mi pura putrefacción de ridículo.

La cerca

He puesto una cerca a mis sueños, los pájaros vinieron a posarse, el musgo refrescó mis pies desnudos heridos por la sangre, se elevó el pino sobre el sol y me dió sombra, nacieron flores de color, se abrió la tierra para dar paso a la fuente clara, me regocijé, y pensé en creer que los sueños son como la vida, como el mar, las estrellas, vino la noche de tempestad, arrancó cerca y lo que había crecido se esfumó como va el humo, desde abajo hacia arriba, y al oeste, y si mi memoria no me falla, eso fue lo que ocurrió

Ciego

Ciego espigas de luz y me las como, la paja a puñado me la meto en el ojo que no llora, rastreo cada semilla, conteo de todas las sombras, y dentro de esta campana rompo la hierba con un machete de oro que luego me como con el grito de audacia. Soy el de los sables y las sierpes de la garganta, me arrodillo en las ascuas ardientes y duermo tumbado en la punta de los clavos, quiero más. Soy el que ya no llora, ayuné seis meses hace tiempo, cadavérico no me rendí sino a la muerte, que iba y venía por ahí. Digo que no quiero y mi pulso es un dintel de sombras, estrafalario caleidoscopio de miradas entrecuzadas que se ciegan unas a otras. He soñado cada palmo y todas las quebradas de mis manos. Me queda la sangre, el polvo y el olvido

Esta muerte

Negro sobre rojo
Una mosca tintinea
Azul detrás del ardiente
O pezuñas de veneno
Claro dolor que evapora
Y el gusano que es pura
Leche do mana prieta
La peste la laguna
Verde y mocos
Rupestres
Hora de siesta o alcanfor
Doliente o cresta de diente
Subida quietud
Maloliente

Domingos

Dúctil y turgente como mi dios
De los domingos, de mi luz,
Del sol y del agua que rodea
Las pequeñas cosas del infinito,
Y besucón como los besos de mi boca
Riendo como un lagarto al calor,
Inmemorial su audacia de viveza
Con la que congracio en plenitud,
Y vuelven a mí las bellas muchachas,
Juncos y flores al borde ondulante
De la ribera, mi mirada se pierde entre
Tanta abundancia, tanta generosa
Acumulación de gracias o dádiva
Al corazón que tiembla, sí, fuí aquel
Que las amaba, el que posó sobre
La nube temprana de la tarde
Un juramento de eterno amor,
Y esta inocencia, tan pura blanca
Con la que vestía mis tiempos
Y mi nada.

La noche

Volví a amar el fuego sagrado,
Mientras el verbo consumía
Mi riqueza y mis dones,
Yo era un ave de la noche,
Cruzaba el Edén plácido,
Abajo eran las centellas
Y los fuegos,
Arabescos de una mirada,
Arrabales en ruinas claras,
Y mi callada quietud un latido
Bravo, un sentir de cielo,
Y mi fuente dulce,
Y mis celestes sienes
De libélula sobre cristal
Acampanado,
Turgencia de una madrugada
De verano,
Y los tiempos se fundían,
Era ya de nuevo
El niño santo,
Que viajaba por la cumbre,
Como aguja de ojos anacarados,
Y era mi mano, delicia de saber
El pómulo, los alabastros blancos,
Y yo corría por el jardín
Azul de la velada, cual
Una memoria del futuro
Clavada en mi nalga
Pura, ala que elevaba
El paseo de gravilla
Al sueño
Oscuro
Del deseo
Y del llanto

Sirenas

Y aun oigo el silencio de las sirenas, llamándome, Ulyses, Odiseo, ven, ven con nosotras, y yo oyéndolas, atado al mástil de nuestra nao, de nuestra nao marinera atado de pies y manos al mástil alto y flexible, y como junco al borde, como astilla de junco de la orilla espumosa, iba yo voceando libertad, voceaba la libertad de morir, de quererme ir con ellas, con las sirenas, al fondo del mar, mar eterno, al fondo del mar infinito

Héctor

Fue cuando Héctor, domador de caballos, pisó el polvo de la arena, su sandalia aun manchada de la sangre de los atridas, sobre la polvorienta mancha lunar del campo de guerra su sandalia que le cubría el pie derecho, pisando la sangre helena, y depositó su casco en la arena, dulcemente sobre el piso arenoso de su blancura posó su casco guerrero y viril y cogió al hijo amado, levantando sus manos al cielo, elevó a su hijo a las alturas y lo bendijo, deseándole en lo secreto de su corazón la victoria, la gloria y la larga y próspera vida.