Héctor

Fue cuando Héctor, domador de caballos, pisó el polvo de la arena, su sandalia aun manchada de la sangre de los atridas, sobre la polvorienta mancha lunar del campo de guerra su sandalia que le cubría el pie derecho, pisando la sangre helena, y depositó su casco en la arena, dulcemente sobre el piso arenoso de su blancura posó su casco guerrero y viril y cogió al hijo amado, levantando sus manos al cielo, elevó a su hijo a las alturas y lo bendijo, deseándole en lo secreto de su corazón la victoria, la gloria y la larga y próspera vida.

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